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la fascinación del art-decó






ÁNGELES GONZÁLEZ GAMIO

gonzalezgamio@gmail.com

A principios del siglo XX surgió en Europa el llamado Movimiento Moderno, expresión arquitectónica que buscaba la ruptura con la tradicional configuración de espacios, formas compositivas y estilísticas. Se caracterizó por el aprovechamiento de las posibilidades de los nuevos materiales industriales: el hormigón armado, el acero laminado y el vidrio plano.

Los estilos nacidos de esa tendencia recibieron diversos apelativos: internacionalismo, art-decó, racionalismo y funcionalismo. El movimiento estuvo inserto en el sueño de transformar el mundo y sus contextos, que se desarrolló en los albores del naciente siglo. A México llegó cuando se consolidaba el movimiento revolucionario iniciado en 1910, y se integró muy bien con la ideología nacionalista surgida de la Revolución Mexicana. Así, a partir de los años veinte comenzaron a construirse todo tipo de obras en los nuevos estilos, entre otros el art-decó, que se adecuaba a formas inspiradas en el arte prehispánico, que fue revalorado por el nacionalismo revolucionario.

Nuevas colonias como la Condesa se tornaron en muestrario del geométrico estilo arquitectónico. El Centro Histórico no fue la excepción y en edificios románticos o eclécticos los interiores se “modernizaron” con esa novedad, que además se prestaba a la adaptación de formas prehispánicas, que habían sido revaloradas con la Revolución y eran un signo del naciente nacionalismo mexicano, que incluía orgulloso el origen indígena.

Un muestra es el edificio que ahora ocupa el Banco de México en la avenida 5 de Mayo, que fue diseñado en Nueva York en 1905 y construido por los arquitectos Gonzalo Garita y A.R. Whitney, con una estructura metálica y recubierto de cantera rosa del estado de Hidalgo.

El arquitecto Carlos Obregón Santacilia lo remodeló en 1925, para ser la sede del Banco de México. Entre otros cambios se le retiraron diez cariátides que adornaban la fachada principal, colocando en cambio dos grandes esculturas sedentes del artista Manuel Centurión. En el interior diseñó un gran vestíbulo totalmente art-decó, con finos mármoles italianos en toda una gama de colores: marfil veteado cubre los muros, grandes columnas en negro, los pisos en tonos rojizos y amarillos; todo ello contrastando con las espléndidas molduras de bronce, los barandales y las lámparas. Sobresale el inmenso plafón color ámbar, con espigas de trigo y figuras de cortes angulares y geométricos. Impresionan las dos monumentales bóvedas, en donde imagina uno apiladas barras de oro del tesoro nacional.

Años más tarde, en 1941, el mismo arquitecto construyó justo enfrente el Edificio Guardiola, que debe el nombre al solar y plazuela que habían pertenecido al marqués de Santa Fe de Guardiola, desde el siglo XVII. La antigua casa databa de 1750 y fue remodelada en el siglo XIX por el extraordinario arquitecto Lorenzo de la Hidalga. Esta belleza fue demolida para edificar la gigantesca mole art-decó, cuya moderna cimentación ha ocasionado que permanezca en su sitio, entre las construcciones medio hundidas que la rodean, por lo que se le han tenido que agregar escalones, al igual que a la columna de la Independencia, el querido “Ángel”.

Pero sin duda la muestra más deslumbrante de art-decó nacional es el interior del Palacio de Bellas Artes, realizado 15 años después de terminado el exterior, que finalizó el italiano Adamo Boari en 1916, en ondulante estilo art-noveau. Fue el arquitecto Federico Mariscal, por instrucciones del entonces ministro de Hacienda Alberto Pani, quien llevó a cabo la obra en 1930 con una concepción netamente nacionalista. A diferencia del exterior, cubierto con mármol de Carrara, Italia, se decidió utilizar exclusivamente mármoles mexicanos y el resultado no pudo ser mejor, la riqueza de los rojos, rosas y café de Querétaro dan vida a muros y columnas, el magnífico negro “Monterrey” da elegancia a pisos y escaleras.

Destacan las lámparas y el sistema de iluminación concebido con la idea de integración plástica que rige todo el monumento; baste mencionar los cuatro alargados lampadarios que abarcan los tres pisos del gran vestíbulo, coronados por un mascarón del dios Chaac o las lámparas-fuentes con armazón de acero y cristales opacos, que flanquean el ingreso a la sala de espectáculos. De gran belleza es la herrería artística en balaustradas, barandales y molduras.

Estas fechas son buena ocasión para visitar el majestuoso recinto y aprovechar para ver la excelente exposición del surrealista René Magritte, que abarca 40 años de su fantástica labor creativa.

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