La Chulanga. Un despertar decidido
NORA EMILIA
lachulanga@gmail.com
Divorciada y con dos hijas salí de mi casa en uno de esos días grises en el que hubiera preferido no salir. Entre las noticias en la radio, la lluvia, el crimen organizado y los secuestros, el panorama parecía simplemente aterrador.
Tanga y yo quedamos de comer juntas. Hacía tiempo que no nos veíamos. Varias veces le pregunté si estaba inmersa en los brazos de un alguien que ahora juega el papel del amor de su vida, pero directa contestó que de amores nada. Sin embargo, prometió que después de la comida, me llevaría al lugar donde ha estado metida estos últimos meses.
Intrigada, llegué al restaurante, tenía ganas de contarle todo sobre “la galería erótica virtual”. Estaba emocionada porque Joel Corrales Márquez, un artista cubano de gran renombre, me había contactado; el título de su obra era “PLÁCIDA”, se trataba de un óleo en tela de 130 x 200 cms. que prometía ser una belleza, cuya foto me enviaría por la noche.
Esta vez fui yo la que llegó tarde. En la mesa ya había unas carnitas de atún fresco y dos copas de vino.
—Salud —me dijo cuando llegué. La sentí un tanto apresurada, no era la Tanga que come tranquila y disfruta una tarde en que tenemos tiempo para nosotras.
La comida estuvo deliciosa, pero ella ansiaba irse pronto, como que quería apurar el tiempo. En cuanto trajeron el café me dijo que enfrente estaba el casino.
—Espero que sea nuestro día de suerte. Nos vamos a divertir en grande, ya verás —traté de animarme.
—¿Te cae que andas en eso? —le sonreí tratando de disimular mi desilusión. Yo, la verdad, esperaba otro tipo de locura, la promesa de diversión con Tanga normalmente me produce maripositas en la panza ¿¿pero al casino??
—Le vamos a meter sólo 200 pesitos. Podemos ganar mucho más de lo que te imaginas, pero eso sí, antes de entrar, pisa fuerte con el pie derecho y luego mueve ambos pies.
—¿Y eso? —Pregunté.
—Es para evocar sortilegio. Hay que pisar con el pie derecho para las buenas vibras, y la sacudida es para que lo negativo se quede afuera— le hice caso, total, una pequeña superstición, no le hace daño a nadie.
Nos fuimos a inscribir. Tanga comenzó a saludar a la gente, se notaba que conocía a todo mundo, de un momento a otro desapareció de mi vista. Me quedé unos minutos como perdida, escuchando entre la música el bullicio de todas esas máquinas que me dieron la impresión de ser cortesanas esperando los caudales. Caminé por el lugar, traté de ambientarme, observar el escenario. Había muchas mujeres absortas en sus pantallas. Al mirarlas, me acometió una sensación conocida. Era como si participaran en un orgasmo colectivo. Todas tenían esa mirada de éxtasis que emerge durante un encuentro carnal. Las sentí como poseídas, como si estuvieran teniendo sexo con la máquina. Tenían los ojos fijos al frente, las vi embelesadas, excitadas, sometidas por el placer. Algunas acariciaban la máquina con tal ímpetu que parecían estar en plena culminación del coito.
No encontré a Tanga, así que me fui a un juego del que salían bolas rosas de cristal, varitas mágicas, sombreros de pico, búhos y calderos. Metí la tarjetita dorada en la ranura y empecé a pulsar el botón. En cuestión de segundos, mis 200 pesos bajaron a 150. Empezaba a ponerme nerviosa, de repente algo sucedió en la pantalla y mis 200 se convirtieron en 450. Aplaudí. La señora que estaba junto a mí me sonrió. Volví a apretar el botón, dos vueltas, cuatro y de nueva cuenta, otro premio.
—Suerte de principiante —me dijo Tanga, quien apareció de pronto— dile al Mago Merlín que si te sigue dando estímulos, le enseñas las bubis, le das un beso en le ingle, le tocas las nalgas y hasta le haces sexo oral. Acarició la máquina, y como si ese mago barbón y de pelo blanco la hubiera escuchado, llegué a los 800 pesos. La señora de al lado volvió a sonreír.
—Sácalos. Vamos al Black Jack, vas a ver lo que es bueno. Te sonará tonto, pero ésta es la mejor terapia colectiva que he tomado.
—Más bien, es una orgía—le dije viendo lo enajenada que estaba la gente.
Llegamos a la mesa, ahí era ella la única mujer. Me quedé atrás y la miré desenvolverse, pedir una carta y luego otra.
Me sentí liberada cuando salí de ahí sola, una hora después. Tanga se quedó con un abogado de camisa blanca con el que seguía apostando en absoluta complicidad. Se me antojó levantarla de la silla, sacarla de ese sitio, despertarla de la enajenación, pero hubiera sido imposible, estaba casi hipnotizada. Era la primera vez que sentía a Tanga completamente fuera de mi canal.
Llegué a mi casa un tanto desilusionada, sentí que fue un día perdido. Prendí la computadora y vi que llegó el cuadro de Joel, decía que forma parte de una colección que titula: “Morfología social: El conformismo hasta el despertar decidido”. Abrí la imagen y me quedé maravillada contemplando la belleza de la obra y a la vez aturdida por el reflejo de una yo que parece estar dormida ante un mundo que inevitablemente se está derrumbando.
Lo monté en www.lachulanga.com, se lo mandé a Sandra la restauradora, a Sergio el diseñador, y a Tanga, esperando que también ella lograra encontrarse en ese cuerpo pasivo, dormido entre las ruinas.

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