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La Chulanga, diana cazadora






NORA EMILIA
v lachulanga@gmail.com

Divorciada y con dos hijas, estaba en la sala de la clínica con Tanga esperando nuestro turno para hacernos una mamografía. Como es necesario hacérsela cada año, siempre nos la hacemos juntas. Ella me cuida a mí y yo la cuido a ella. Desde aquella vez que me sentí una bolita en uno de los senos y nos metimos un susto de la chingada, no dejamos pasar la fecha. Mientras esperábamos, le comencé a contar mi fin de semana con el español.

—¿El Turibus? ¿Te llevaste al español al Turibus? ¡Qué hueva! Mejor se hubieran ido todo el día a coger.

No es que haya yo llegado súper entusiasmada al Auditorio Nacional para treparme al autobús rojo, ni me sentí realizada cuando me colocaron el brazalete. Tampoco me volvió loca ponerme los audífonos que nos iban explicando la historia de los lugares que visitábamos durante el recorrido, pero la neta, no nos la pasamos nada mal.

—¿Qué tiene de malo? A ver, si estuvieras turisteando en Nueva York, Londres o Madrid te subirías a uno; aparte créeme me sentía muy tranquila de viajar de manera segura por el D.F. Además, la pasamos divino —le dije satisfecha. Entramos al Museo de Antropología, y él no paraba de decir con ese acento suyo que me encanta que sus antepasados eran unos gilipollas, que cómo se habían atrevido a cargarse toda la cultura precolombina; que era una pena…

—Oye, creo que el Turibus también hace un recorrido nocturno que empieza a las nueve de la noche y termina a la una de la madrugada —dijo Tanga. Les hubiera tocado menos tráfico y hubiera estado mucho más romántico ¿no?

—Pues sí, pero me enteré de ese recorrido ese mismo día. Te va a sonar cursi, pero no sabes lo orgullosa que me sentí de nuestra ciudad, creo que nunca me había detenido a ver los edificios, los monumentos. Además la perspectiva cambia desde ese doble piso, el panorama visto desde lo alto luce verdaderamente increíble. Viajamos a través del arte y la cultura mexicana. Podíamos subir y bajar durante todo el día en cualquiera de las paradas del Turibus.

Cuando pasamos enfrente de la Diana Cazadora, le conté que esa escultura fue inaugurada en 1942 y que a causa de los prejuicios y las estupideces de la Liga de la decencia de ese tiempo, durante 25 años la Diana tuvo que usar un taparrabo de bronce para que no se le vieran las nalgas.

—Me fascina imaginarme a mí misma con un arco en la mano, totalmente encuerada en pleno Paseo de la Reforma —le dije a Tanga. Esa escultura es para mí el reconocimiento a la mujer, a la belleza del cuerpo desnudo, a la libertad y al coraje de las guerreras, ¿no te parece?

—Lo mismo pienso yo —me reí con Tanga.

—El momento más lindo fue cuando llegamos al Zócalo y lo pudimos admirar en todo su esplendor. Mientras nos deleitábamos con la Catedral y el Palacio Nacional, empezamos a escuchar el sonar de los tambores, los cascabeles de los danzantes y a sentir el olor del copal de los curanderos.

La enfermera llamó a Tanga y nos deseamos suerte, estábamos nerviosas. Se metió a un cubículo a que le tomaran radiografías a sus senos. El sentimiento en ese momento siempre es fuerte. Aparte del incómodo apachurrón de senos, da mucho miedo pasar por la frontera que hay entre la salud y la enfermedad, por eso cuesta tanto trabajo hacerse a la idea de ir a examinarse. Platicar con Tanga me quitaba los nervios. Tomé un periódico pero me llamó la enfermera y entré a otro cubículo, me quité la blusa y el bra, me puse la batita y cerré los ojos. Esperé a la doctora pensando que no le acabé de contar a Tanga que el español y yo nos metimos felices a su hotel. Cansados y enamorados del D.F. le brinqué encima sintiéndome la Diana Cazadora. Fue una experiencia de placer infinito, reconciliar intercambios intelectuales, goces de carne y sentimientos con un perfecto desconocido, y como ese día hizo calorcito del bueno, nos refrescamos con un frío regaderazo.

—¿Cómo está? Vamos a ver —me dijo la doctora interrumpiendo mi monólogo interior, me tomó cuatro radiografías con toda calma— ya puede vestirse.

Otra vez sola, cerré los ojos, me acordé de la caminada por la Roma y de su mirada. Mientras él analizaba la carta de vinos, me pidió que le recomendara algún platillo.

—Huachinango a la veracruzana —le expliqué la receta.

—Pero vamos, es que a todo le ponéis picante. Mira, me apetece tomar algo que probé el día que te conocí. Creo que te va a gustar. Es un vino blanco con aroma intenso, con buen ataque en boca y final acido. Le va a ir fantástico a ese pescado que dices— decidió él por los dos y me sorprendió pidiendo un vino mexicano.

—Tráiganos un Chardonnay 2007 de Bodegas de Santo Tomás.

—¿Y por qué no un español? — dije yo.

—Guapa —dijo—, en el amor y en el vino hay que experimentar, ¿sabes? hallar una combinación adecuada de sabores es como descubrir a una tía como tú que me tiene vuelto loco.

—Todo se ve bien —entró la doctora al cubículo y me regresó al presente— puede quedarse tranquila. Nos vemos en un año.

Tanga ya me estaba esperando afuera. Las dos salimos con buenas noticias así que nos fuimos contentas de la clínica. Me invitó al casino, pero le dije que a mí eso no me prende y mejor terminamos cheleando en un barecito de la Condesa.

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