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La Chulanga, perdimos pero pasamos…






NORA EMILIA

lachulanga@gmail.com
Divorciada y con dos hijas escuché a mi vecino repetir esa pendejada mientras metida en sus sábanas blancas vimos desilusionados la última parte del partido. La verdad, yo sé muy poco de fut, lo veo en el mundial porque juega mi país y no deja de ser un espectáculo donde hay un derroche orgásmico de furia, felicidad y entrega. La forma en que los jugadores se pelean el balón, las reglas que todos entienden, el orgullo de una buena jugada, la comunicación no hablada… bueno, un grupo de hombres concentrados en un mismo objetivo, dispuestos a todo, olvidándose de los madrazos que acaban de recibir con tal de estar en la cancha… once hombres dejándolo todo y este pendejo diciendo: “perdimos pero pasamos”, y para colmo, después del partido, la imágenes en la tele de gente festejando en Reforma alrededor del Ángel… ¿qué falta de orgullo celebrar un fracaso? ¿qué tal si hubiéramos ganado? El Ángel volaría.

Habíamos quedado de ver el partido juntos; una de mis hijas se reunió con otras tantas en casa de una amiga y la otra de plano se fue a la escuela a ver el partido en el auditorio. Eso de ver fut a las nueve de la mañana con un cereal, juguito de naranja y café, medio desnuda en la cama de mi vecino estaba resultando mucho más atractivo que las frituras y los cacahuates. Rompí el tiempo y el espacio, no necesitaba de la chela, de puro placer me sentía casi peda.

En el medio tiempo llamó un amigo del vecino y se pusieron a discutir la alineación y las jugadas. Era un juego inteligente; ver a México y a Brasil unidos en un Gio bello, talentoso y trabajador me llenaba de orgullo. La entrega de los jugadores era total, se veía la vocación de los mejores del mundo en ese deporte.

Yo tenía planes de hacerlo con mi vecino durante el segundo tiempo, con la consigna de ver el partido y venirnos cuando Gio metiera un gol, pero la dificultad de los jugadores para entrar al área chica, no le dio al vecino fuerza de erección, y de la tensión, más bien, la mantuvo chica la segunda mitad del juego. Luego a mí, su comentario de “perdimos pero pasamos”, me apagó por completo. Me fui de su casa incómoda por su frase conformista, “perdimos pero pasamos”…

El tráfico para ir al centro estaba hasta su madre; gente ahí reunida celebraba emocionada como si hubiéramos ganado. “Perdimos pero pasamos” seguían gritando.

—Pónganse a trabajar, carajo —gritó furioso un tipo. Yo prendí el radio y escuché partes del discurso de la Poniatowska y de su pregunta retórica “¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi?”, ¡puta madre! Más allá de la entrañable relación amistosa entre ellos, del conjunto de alabanzas a su carácter, a su obra y a su forma ordenada de radiografiar el mundo desde muy temprana edad, me parece que sí hay una respuesta a esa pregunta: leerlo, aprender de su ojo crítico, de su visión tolerante, vanguardista y caleidoscópica. También ¿por qué no? habría que practicar su buen humor al observar ese todo que a veces trata de esconderse. Las pocas veces que lo escuché en alguna conferencia siempre me pareció un hombre brillante que sabía usar las palabras como puños, como microscopios y como cánticos de juglar.

“¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi?”, pues conocer tu obra, cultivarla y seguir amando a este país, escudriñar con atención eso que vemos y escuchamos, ser objetivos y analíticos, aprovechar los días desde que amanece, tomar la estafeta y seguir con la carrera, hacer algo útil por México. Conocerte por medio de tus escritos y darte a conocer a las nuevas generaciones. “Te perdimos pero continuamos”, me oí decir… hay que seguir en el juego con dignidad. “Perdimos pero pasamos”, me volví a acordar de la euforia pendeja, del exceso de la emoción que llega hasta la ignorancia. ¿Festejar que perdimos? Será ése nuestro problema… poca “inteligencia emocional” hubiera dicho Tanga.

Terminé mi día en Coyoacán, en la Casa de las Humanidades. Fui a la presentación del libro Güeras y prietas: género y raza en la construcción de mundos nuevos; moderó Marisa Belausteguigoitia, directora del Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM. Cómo le hubiera gustado a Monsi ver a ese grupo de guerreras hablando de la ética, poniendo en palabras las bases para la construcción de un mundo nuevo donde quepamos todos por igual.

La lluvia me atrapó y después de la presentación pero me tocó escuchar cuando entrevistaban a Marisa Belausteguigoitia: “Este país va a seguirse desgajando si no se realizan alianzas entre güeras y prietas”.

Mis hijas se quedaron con su papá. Llegué a mi casa tarde y totalmente empapada contenta de haber estado entre mujeres, de sentir la fuerza de las que hacen, de las que logran y con ese ánimo me encontré con mi vecino en la escalera.

—Ya perdónamela, ¿no? Si pasas, ganamos los dos —me invitó con un sonrisa encantadora. Lo primero que pensé es que güeros o prietos mientras les funcione el falo los hombres están salvados y que a diferencia de otros países, desgraciadamente en México para muchos se vale perder.

Entré a su casa, abrió una botella de vino y acabé el día delicioso, sumergida entre sus brazos donde exploté en un gran orgasmo.

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