galería subterránea, se alquilan sospechosos
ALEJANDRO PALESTINO
palestino_101@yahoo.com.mx
No deja de ser medio raro, en este país sospechosista, que cada que agarran a un malhechor, éste salga en la tele contando hasta la hora en que iba al pan, sin errores de puntuación ni muletillas del tipo “eeeeste”, “ejem”, “mmmmmm”, “pérese que lo estoy pensando” o “¿me repite la pregunta?”.
Hasta parece que dichos malandros están ansiosos por cooperar con la ley y el Estado de Derecho a la hora de describir cómo secuestraron a un chamaco, montaron un retén falso, bloquearon una carretera para llenar de plomo a un encargado de la seguridad pública, aventaron una granada en plena fiesta del Grito o se escabecharon a un funcionario público.
Además, salen como que muy rozagantes, bien peinados y bañados, igual para que se diga que la tortura, los cates, las madrinas, los coscorrones y las patadas ahí donde más duele son cosa del pasado, mientras que los de la tienda de enfrente, o sea, los criminales organizados, abusan con sus mutilaciones y descabezamientos.
Total, que una de esas noches andábamos mirando las noticias divirtiéndonos con alguna grabación (obtenida ilegalmente por supuesto), en la que un político se balconeaba de lo lindo (la neta, son rete vaciados y se avientan cada puntada que ya le compiten al Polo Polo, tanto que alguno de los cuates propuso hacer un cedé para venderlo en el Metro), para deprimirnos a continuación con el anuncio de nuevas obras y excavaciones en la ciudad, cuando descubrimos al Gasparín y sus cuates, quienes fueron presentados como miembros de una peligrosísima banda delictiva dedicada al secuestro.
Lo raro es que el Gasparín es uno de los teporochos que viven en el parque de la colonia, quienes se la pasan durmiendo o, en sus horas activas, juntando una lanita para comprarse sus botellas de tequila de a diez varos y sin decir mentiras, o sea, sin pedir dinero para comer, o para el pasaje de regreso a Pachuca, porque los asaltaron, como muchos profesionales de la limosna.
También hay que reconocerles que se han salvado de caer en las garras de algún centro de rehabilitación, en donde encierran a los indigentes para hacer llaveros o collares, sin paga y sin dejarlos salir ni a la esquina. No es que sean personas a quienes alguien quisiera adoptar, pero tampoco es para andar explotándolos.
Fue así que nos enteramos acerca de la criminalidad de nuestro conocido; aunque estábamos seguros de que se trataba de otro error de nuestras autoridades, dado que el Gasparín y sus cuates, dado el pulso de maraquero que se botan y la doble visión que los caracteriza, se encuentran incapacitados para delinquir, no así para cometer faltas administrativas, tal como mearse en vía pública.
De acuerdo al noticiero, los ciudadanos podíamos dormir tranquilos esa y otras noches, dada la espectacular aprehensión; aunque, cuando entrevistaron al líder de la banda, nos pareció conocido, digamos que muy parecido al lugarteniente de tristemente célebre narcotraficante que, hacía algunos meses, había sido atrapado gracias a un operativo militar.
Además hablaba como locutor de televisión, hasta con maquillaje y brillo en los labios. Así, confesó que llevaba años dedicado al negocio, venadeaba a sus víctimas en centros comerciales de lujo y las elegía por el modelo y marca de coche, y que luego del apañe, las mantenía cautivas en “casas de seguridad” de Iztapalapa.
En este caso, el Gasparín era el encargado de cobrar los rescates y, en su caso, cortar orejas o dedos. “¡Uf!, tan decentito que se veía el condenado teporocho”, dijo alguien para que, acto seguido, otro alguien le diera un merecido zape.
Unas semanas después, nos encontramos al Gasparín en el parque, así como a sus cuates, pero dedicados a chupar algo más fino: un brandy de treinta varos. Es que andaban celebrando su última chamba como “sospechosos comunes”.
Antes de caer en el letargo de sus horas inhábiles, nuestro cuate nos explicó, palabras más palabras menos, que de vez en cuando la autoridad, dada la presión de los medios y, por ende, de la opinión pública, tan fijada por los crímenes y delitos que no se resuelven, recurre a ellos, así como a otros compas que viven en la calle, para salir en la tele y mirar feo a la cámara, al fin que la cara de criminales ya la tienen.
Los de más labia y que retratan mejor se avientan sus confesiones a cambio de otra lanita. Posteriormente, los guardan un rato para luego soltarlos en su hábitat natural; aunque, al parecer, la práctica se les está saliendo de las manos de acuerdo al nivel de gobierno de que se trate, porque a veces los federales y los locales sacan su propio delincuente acusado del mismo crimen.
Vaya alguien a saber. Quizás por esta razón, a veces aparecen dos “güeras” y un “apá” con doble personalidad, igual que hace años salieran hasta tres Aburtos para un solo Colosio.

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