La Chulanga
NORA EMILIA
Divorciada y con dos hijas estaba por dormirme exhausta después de un orgasmo mega plácido en el que me estremecí toda, toda. En lo que me recuperaba, entendí que la mujer dormida vive en aquella que no se viene con la frecuencia necesaria para tener despierta la sensualidad en la piel. Estaba de buenas, entrando al mundo onírico con la emoción de contar a doce mujeres inscritas y listas para subir el Izta, aunque las fechas y los costos todavía no estuvieran definidos. La vibra se está contagiando, pensé. El sueño de un despertar colectivo estaba por fin tomando forma, cuando la que despertó de sopetón fui yo con la noticia de la muerte de Sandra.
—¿Cómo que se murió de un infarto? —le pregunté sobresaltada a Andrea. Sandra no era una de las amigas que frecuentaba cotidianamente, pero estudió en mi generación, tenía mi edad, me encantaba verla y con ella compartí los tropiezos del divorcio, los golpes del desamor, el miedo a enamorarse de nuevo y la soledad de la maternidad cuando las cosas con los hijos no van como uno quiere.
El entierro fue a la diez. Rostros de amigos de entonces, ahora envejecidos por los años y la tristeza, fueron apareciendo entre la multitud que llegó puntual a despedirla. El escenario me provocó un vacío.
Ni mi grupo de amigos de generación ni yo quisimos separarnos después del entierro. Sandra nos había reunido, y en su ausencia nos quedamos juntos para hablar de ella, quitarnos entre todos el dolor, tomar café y abrazarnos con la calma del domingo, así que fuimos a “La Ruta de la Seda”, un lugar tranquilo y delicioso que está en Coyoacán.
—La última vez que vi a Sandra fue en la cena de casa de Mago a mediados de noviembre —dije yo.
—¿Se acuerdan de la peda que nos pusimos en Valle de Bravo? —preguntó Andrea y Paulette se puso roja.
De pronto, en una de las mesas vi al maestro Cuellar acompañado de otros tres hombres. Nos saludamos de lejos. Yo no estaba con ánimos de hacer conversación pero no me aguanté, quise preguntarle dónde quedó todo aquello del teatro de atril con lo que me emocionó el diciembre pasado. No me iba a quedar con las ganas de actuar suspendidas en la nada. Lo volteé a ver, y cuando nuestras miradas se encontraron, me levanté a saludarlo y aproveché para preguntarle en qué andaba ahora.
—Teatro, siempre teatro —su voz tenía la fuerza de estar diciendo algo ya establecido pero siempre novedoso—. Abrí finalmente el taller teatral para aquellos que quieran probar la suerte de pararse en un escenario. Me he dedicado a estudiar las fallas y los efectos de la presentación de diciembre y en vista de que los teatreros somos inagotables, voy a reunir los conocimientos necesarios para que muchos vivan la experiencia de sentirse parte del escenario.
—¿Cuándo?
—Vamos a abrir el taller a mediados de marzo; nos vamos a enfocar primero en la palabra, en el peso de la voz, en el tono, y después le daremos más vitalidad con la inserción del cuerpo en movimiento. Y el gran final: una presentación abierta al público donde los alumnos sientan el valor que pueden tener diálogos y movimientos. Espero verte entre los alumnos. Al despedirse, me invitó a una obra suya que se presentará en el Foco el 21 de febrero.
Me senté de nuevo con mis amigos de generación. El gusto de vernos se empalmaba con la tristeza de la pérdida. En medio del desconsuelo, les conté a todos que en la escuela de mis hijas se estaba organizando una ida abierta al Iztaccíhuatl, que iríamos a despertar a la Mujer Dormida. Alguien dijo que a Sandra le hubiera gustado ir. Después de un rato, nos despedimos con abrazos fuertes y suspiros tristes, con promesas de vernos pronto y con un dolor mudo latente.
Regrese a casa y me metí a la regadera y como me gusta llorar en el baño, las lágrimas comenzaron a brotar solas. Cuando me di cuenta ya estaba sentada en el piso haciendo dibujitos en el vidrio empañado de los canceles de la bañera. El frío lo que me trajo a la realidad. Mi cuerpo desnudo y tembloroso me recordó que la mujer dormida también es la que está muerta. Cerré los ojos, suspiré el nombre de Sandra y volví a empaparme de agua tibia. Toda yo me calenté de nuevo.
Triste, encendí la compu. Noté con emoción que dos mujeres más quieren ir a despertar al Izta. Justo en el momento en que copiaba los nombres en la lista de inscritas, el nutriólogo guapo me encontró en el chat de gmail.
“No me parece correcto que no incluyan hombres”, escribió sin saludar.
“¿Sacarías tu lado femenino?”, escribí yo.
“¿Mi lado femenino? ¿Cómo le hago?”, escribió él.
“El nuevo hombre es el que conquista su lado femenino, el que se atreve a equilibrar su esencia, a sentir, llorar y ser vulnerable. Aquél que se da chance de expresarse al natural. Estamos en una época en la que por fin podemos compartir roles.”
“Entonces ¿estamos invitados todos los hombres?”
“¿Te parece bien si invitamos sólo a aquéllos que se atrevan a despertar su lado femenino?”
“Me parece perfecto”, escribió él y en eso vi que Olaf Dickinson se estaba apuntando en Facebook para subir también al Izta con su hija.


¡Haz un Twitt!
Facebook
Digg
Guarda en Delicious
Stumble
RSS





