la Chulanga
la jirafa o tal vez nunca
NORA EMILIA
lachulanga@gmail.com
Divorciada y con dos hijas estaba en mi cama a las dos de la mañana sin poder dormir. Me sucede que oigo un ruido, me da sed o me invento alguna cosa, pero cada vez es más frecuente que en la noche, cuando el silencio reina, me den ganas de abrir los ojos y mirarme en el espejo de mi ser. Cuando no hay mucho qué mirar y mi deseo sexual no está presente, abro mi computadora y me sumerjo a esa otra realidad, la virtual, donde nada y todo sucede. Entre las novedades recibí un correo de Isis García en el que explica qué es un Rally de Teatro: una obra diferente cada día, durante todo febrero, en un solo espacio: Centro Cultural El Foco; Tlacotalpan 16, en la Roma Sur, entre Campeche y Aguascalientes, 5574-9011.
Es increíble la creatividad y el impulso que tienen los artistas por seguir creando, por acechar al posible público y lograr que éste se deje seducir por voces actorales y quiera ser testigo de la narración de historias trabajadas por buenos escritores. Es más increíble aún, la necesidad de dar vida a ideas distintas que inviten a los demás a ver teatro, a oír teatro, a hacer teatro. Una obra distinta cada día… Eso sólo se le pudo haber ocurrido al autor de Las mil y una noches, ahora encarnado en un loco teatrero adicto a las historias… Lo goloso que debe ser uno para que cada noche anhele escuchar una historia nueva… De inmediato me vino a la mente Sherezada, que se salvó de morir, sólo con llenar de relatos al rey Shahriar. Así logró distraerlo, encantarlo, incluso inculcó en él diversos valores sólo contándole historias, evocando personajes, situaciones. La literatura y el teatro tienen esa facilidad de atraparnos y hacernos caer rendidos ante el encanto de quienes tienen el don de saber usar las palabras.
¿Por qué en México vamos poco al teatro? ¿qué nos separa de la vivencia teatral? ¿una invitación? ¿tener a alguien con quién ir? ¿el tráfico o la hueva de seguir lidiando con el mundo para llegar a algún sitio? Me quedé pensando en la magia del escenario, en lo rico que se siente cuando un actor te envuelve en su sentir, en las emociones que quedan aprisionadas en un silencio cuando el actor se queda callado y te mira desde el proscenio. De pronto, me imaginé actriz, acostada en mi cama. La voz del director era la autocomplacencia, el deseo de darme, de apagar mi monólogo interno, acallar mi razón de una buena vez y dejar de ignorar el deseo de no cerrar la boca, confrontar el temor de escuchar otra realidad, otros miedos, adentrarme a escuchar la historia de otro. Así, jugando conmigo, me inventé en una historia lejana donde yo no existo. Cerré los ojos y por primera vez me pude ver desde arriba, mi silueta dibujada en la cama, la cobija blanca, el camisón negro. Yo era el cartel de mi propia obra, yo protagonista de mi existencia, complaciendo mi sueño de ser otra mientras sigo siendo sólo yo. Extendí las manos y las piernas y me di un madrazo horrible con la computadora, y en un instante, el dolor me sacó del juego.
Sabiendo que no iba a poder dormir, me puse a repasar la lista de las obras que se presentarán en el Foco: El último instante, Dulces compañías, Pretextos, Sueño de una noche cualquiera… Me imaginé sentada en la obscuridad del teatro, emocionada, esperando atenta la tercera llamada; el nombre del maestro Cuellar entre los directores me asaltó de repente. Ésa era la obra sobre la que me contó aquel día que me lo encontré en la cafetería. Se presenta el 21 de febrero con La jirafa o tal vez nunca. Leí en la reseña: “Dos personajes se reencuentran después de muchos años de ausencia. Su plática, a veces críptica, se va anudando poco a poco hasta que al final sus comentarios sobre las flores amarillas, sobre los días de visita, explican por qué uno de los personajes ha vuelto.”
Me levanté a hacer pipí y mientras me lavaba las manos, evoqué los días en que estuve ensayando para Crónicas en movimiento; saqué el vestido negro que me hubiera gustado ponerme para la obra y el libreto que pinté de sombras de colores para repetirlo frente al espejo.
A las seis y media, me desperté asombrada, vestida de negro, con el libreto en las manos y preguntándome en qué parte del mundo había pasado la noche. Cuando se fueron mis hijas, volví a meterme a la cama y sin ganas de descifrar sueños, saqué mi vibrador del clóset y hasta que no alcancé a sentir que llegaba al cielo, no dejé de trabajar en mis sensaciones. Mi cuerpo cayó dormido después de venirme con tanta fuerza. Me sumergí en un delicioso sueño, cuando abrí los ojos era tarde para todo. Tenía que recoger una litografía en la tienda marcos, tenía que ir por las fotos de las obra de Ulises Huerta y tenía que correr al Foco y entrar al teatro, escucharme en otros, dejar de hablar conmigo porque la soledad que me invade desde la noche, va a acabar por volverme loca.


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