la chulanga, húmedo y urgente
NORA EMILIA
Divorciada y con dos hijas pasé unas vacaciones algo extrañas. Todo lo que planeé salió distinto. Incluso creí que mi cumpleaños pasaría inadvertido. Justo un día antes, mi papá empezó a temblar de frío, se le subió la temperatura y por una diarrea, a la que no le dio importancia, acabamos en el hospital. Se estaba deshidratando.
Usé el tiempo que pasé con mi madre y mis hijas para platicar abiertamente con ellas la posibilidad de irnos a vivir al extranjero… A mi madre se le llenaron los ojos de lágrimas, no quiso desalentarme. Desde que mi hermano se fue a vivir lejos, sabemos que en la distancia la rutina se pierde y la relación se desvanece. Como este año Marcela termina la prepa, está planeando movimientos en su vida, así que no dijo mucho. Regina, en cambio, sensible a lo que le acababa de suceder a su abuelo, preguntó preocupada: “¿cada cuanto tiempo voy a ver a mi papá?”.
Cuando llegamos a la casa, me llamó Victoria. Estuvo unos días en Zacatecas.
—¡Hola, guapa! Voy al mini súper por uno de esos cafés fríos que le gustan a mi marido ¿vienes conmigo? La acompañé. Al verla toda sonrisa, confirmé una vez más que soy muy afortunada por tenerla como vecina. Nos hemos hecho buenas amigas. Mientras caminábamos, Victoria me contaba el juego sexual que inició con su marido a partir de un libro tremendo que tenía abandonado en su casa.
—Te juro que hace un tiempo, comencé a pensar que con los años la pasión se muere; pero no sabes lo rico que estuvieron estos seis días que nos pasamos en Zacatecas. Entre museos, plazas y cama, nos regresó un aliento de juventud erótica, y es que encontré un libro del Marqués de Sade. Nunca había experimentado el placer literario sadomasoquista, está descrito desde hace tanto tiempo que ha producido entre Emilio y yo un algo mágico… Tú sabes lo apasionados que somos con la historia. Me ha dado por leerle en voz alta y a él, por besarme los pezones mientras le leo. Me succiona los senos hasta que no puedo continuar con la lectura. Me entra un deseo húmedo y urgente de… ¿Qué te pasa? Estás como en otra dimensión. ¿Te ocurre algo? —preguntó Victoria frunciendo el ceño como es su costumbre cuando me ve preocupada.
De golpe le solté toda la incertidumbre que traigo desde que me ofrecieron chamba en el extranjero. Le conté del nerviosismo de dejar mi tierra para abrirme caminos nuevos, de la reacción de mis hijas, de las lágrimas de mi madre. Por un lado, la gran oportunidad, la aventura y los grandes retos; por otro, dejar mi país, a mi familia y todo lo que es México para mí.
Victoria abrió la boca. La cerró y al fin la volvió a abrir.
—Mira… Como sabes, vengo de una familia que tuvo que dejar su país para venir a este México que los recibió con los brazos abiertos, al que pronto hicieron suyo y aprendieron a amar; no fue fácil. Las raíces son demasiado fuertes. Mi abuelo repetía una frase que hasta la fecha me cala hondo —la voz se le quebró un poco— “Lloro porque siendo muy español y muy mexicano, siento que a la postre, me he quedado sin identidad”.
Caminamos en silencio por unos minutos. Ella seguramente iba pensando en el pasado de su familia y yo, cavilando sobre el futuro de mis hijas y el mío. Cuando llegamos al mini súper, le dije a Victoria que la esperaría afuera. Mientras lo hacía, escuché el pitido de un vendedor de camotes. El sonido fue detonante y una a una, enumeré las cosas que más extrañaría si llegara a irme de aquí: “Camotes calientitos, plátanooos…”, el silbido se fue alejando para dar paso a mi nostalgia más que anunciada y empecé a extrañar antes de tiempo. Sentí añoranza. Me invadió la melancolía. Extrañé las bugambilias, las jacarandas y las artesanías de cada región. Suspiré al evocar ese azul tan turquesa del Caribe, ese verde casi obsceno del Pacífico, las montañas, las palmeras, la arena fina y también la pedregosa de mis playas. Casi sentí el calor de las costas y el aire álgido de carreteras y bosques. Añoré la música ranchera, la comida, el chile, los algodones de azúcar y los tacos de canasta. Me llené de melancolía al recordar la risa de mi madre, sus recetas, la mirada de mi padre, las carcajadas con Tanga. Extrañé prematuramente a mi querido país.
Al salir de la tienda, Victoria me encontró con la mirada perdida en un carrusel de remembranzas.
—Todavía no te vas y ya estás extrañando— para reconfortarme me dio un chocolate y dos consejos. Toma, bien dicen que el chocolate alivia cualquier pena. Cómetelo con ganas. Llévatela con calma, haz una hoja con los pros y los contras, piensa con la cabeza y lee al Marqués de Sade, que ya tiene rato que te veo poco sexualizada, como que ya no eres la misma.
—¿Y el corazón?— le pregunté de broma.
—Aunque por dentro se extrañe —sonrió—, el corazón late igual en cualquier sitio. No dijimos más pero caminamos cantando: México lindo y querido si muero lejos de ti…
Llegamos al edificio. Jugando, subimos las escaleras de dos en dos. Cuando entramos a la casa, mis hijas, mis padres, Vera, Tanga y el vecino estaban esperándome con un pastel con velas y entonaron con mucho cariño Las mañanitas. Me fui a la cama feliz, con el deseo húmedo y urgente de regalarme el libro del que me habló Victoria.


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