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microbuseros 1, delincuencia 0






ALEJANDRO PALESTINO

palestino_101@yahoo.com.mx

Como diría el clásico, se armó la rebambaramba en el camellón de la esquina. De repente vimos gente correr y eso que no llovía. El Adán, nuestro exhibicionista de bolsillo, fue el primero en reaccionar y, abrochándose bien la gabardina, se unió a la multitud.

Al acercarnos, lo primero que vimos fue a un tipo tirado en el suelo a quien otros tipos trataban, como se señala en el argot policíaco, de “someter” por medio de patadas, uno que otro manazo y un coscorrón propinado por doña Lupe, la de las quesadillas, nomás para que el infeliz acabara de educarse.

Igual lo que estábamos viendo era un asalto, esta vez ciudadano o, lo que sería más propio, el inicio de un linchamiento en el que participaban varios hombres panzones y en mangas de camisa. Fue entonces que, a la hora de tenerle sujetas las manos, como si fuera res, uno de ellos se echó a correr.

En un país de montoneros, cualquiera hubiera pensado que quien corría iba por refuerzos o por cuerda, gasolina y cerillos para cerrar con broche de oro el numerito; pero no, se le atravesó a una patrulla que transitaba por la avenida. Manoteó frente a los agentes y señaló hacia donde estaba la bolita.

Los guardianes de la ley, como sabiendo que no se enfrentarían a ninguna lady de Polanco encendieron la sirena y, raudos, aunque estaban sólo a media cuadra, se dirigieron a la escena. Algo habrán informado del incidente porque se escucharon otras sirenas que se acercaban.

Para esto, la madriza ya había amainado y alguien, uno de los gordos en mangas de camisa, ya había tranquilizado a doña Lupe, quien quería seguirle tupiendo al mono que estaba tirado y con la camisa rota.

Como el tráfico se había interrumpido, varios tiras se dedicaron a agilizarlo mientras otros llevaban al interfecto a la banqueta. Llegó otra patrulla y de ella bajó un hombre que parecía ser el jefe de los otros patrulleros, nomás por la forma en que todos se dirigían a él y hasta se hacían a un lado para presentarle al tipo golpeado, quien se aferraba a una carpeta de cartón con papeles.

Varios minutos de diálogo, llamadas por radio. Uno de los gorditos en mangas de camisa comenzó a explicarle lo siguiente: iba muy tranquilo en su micro, casi al final de su recorrido de mediodía, para hacer base y echarse una queca cuando se percató que un muchachito de mochila azul era zarandeado por el que llevaba el fólder.

Detuvo su nave y se le echó encima. El señalado trató de huir al verlo venir, pero no pudo, porque otros compas de la ruta agarraron la onda, se bajaron de sus micros y, en una acción digna de una buena línea de cuatro, dejaron en fuera de lugar al sospechoso.

Fueron por el chavito y sí, efectivamente, el tipo de la carpeta lo detuvo en la calle y le pidió para su pasaje porque dijo vivir en Villa de las Flores. El muchacho le dijo que no traía y fue entonces que intentó bolsearlo, a la mala y con lujo de violencia.

Alguien a mis espaldas comentó que ahora venía lo bueno, esto es, llevarse al rata a la delegación, al chavito y al chofer para rendir declaración; quién sabe si los dos últimos iban a querer fletarse casi todo el día en ese rollo. El Jefe como que trató de convencer al jovencito, pero no. Sí quería ir. El chofer, también.

Los de la banda nos quedamos con el ojo cuadrado. El episodio era como para subirlo a You Tube nomás para constatar que los microbuseros tienen alma y, no sólo eso, uno de ellos estuvo dispuesto a perder un día entero de trabajo y tortura a sus pasajeros (así como a uno que otro peatón) para hacer justicia.

Es de mencionar que esta conducta nos hizo sentir pésimos ciudadanos porque nuestra única acción fue ir de chismosos con tal de tener tema para seguir en el cotorreo. En fin.

La multitud se dispersó poco a poco, las patrullas partieron con los protagonistas de este episodio. Doña Lupe volvió a sus labores habituales y a darles de comer a los compañeros de la ruta que ya traían filo, más después del ejercicio de romperle su mandarina en gajos al ratero aquel.

Ya de regreso nos encontramos con el Tuercas, el mecánico de mitad de calle, quien se perdió la acción porque andaba arreglándole el cigüeñal a una damita (a su coche, no a la señorita). Después de contarle cómo estuvo la cosa, se quedó pensativo y sólo dijo algo que nos dejó, como dicen los cursis, con sentimientos encontrados: “¡Ah, qué bueno!, pero al rato lo sueltan”.

Y se fue para seguir con lo de la damita.

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