LOS MUERTOS VIVOS
ÁNGELES GONZÁLEZ GAMIO
Los próximos días se conmemoran los Días de Muertos, una de las tradiciones más bellas de nuestro país y que se conserva muy viva. Con raíces en la época prehispánica, a través de los siglos ha ido integrando elementos y costumbres locales con otras venidas del exterior, enriqueciendo las distintas manifestaciones que se dan regionalmente. Un caso son las calabazas y hasta alguna brujita del halloween estadounidense, que sobre todo en las zonas urbanas, algunos colocan en las ofrendas junto con los objetos tradicionales. Guarda tantos valores culturales, que ha sido declarada por la Unesco, Patrimonio Intangible de la Humanidad.
En la cosmopólita Ciudad de México esta añeja tradición no sólo continúa vigente, sino que año con año parece haber más ofrendas por todos lados. En el Paseo de la Reforma, en el tramo que va de la Fuente de Petróleos a la Torre Mayor, se han sembrado miles de cempasúchil, esa flor exuberante del color del sol, características de estas fechas, que tornan la majestuosa avenida en un “paseo de oro”.
Es apasionante conocer cómo cada entidad tiene sus singularidades; en algunas los festejos comienzan el 31 de octubre, cuando se espera a los angelitos, que son los niñitos muertos, quienes llegan al mediodía y son recibidos con pan, tamales de dulce, golosinas y atole endulzado con piloncillo y canela, y pétalos de flores blancas que adornan la ofrenda y el camino para que encuentren las casas. A medianoche tañen las campanas de los templos, para indicar que los difuntos grandes vienen llegando y se cambian los albos pétalos por los amarillos de cempasúchil. Igualmente, se sustituyen los alimentos de la ofrenda, para brindar los que disfrutaba en vida el finado, que generalmente incluye mole de guajolote —platillo de fiesta en todo México—, frijoles, tortillas, arroz, pan y sus bebidas predilectas que suelen incluir cerveza, mezcal o algún aguardiente del lugar y, en su caso, cigarros. Todo esto va acompañando por velas, imágenes, alguna fotografía y flores de cempasúchil.
El 2 de noviembre, a las doce del día vuelven a sonar las campanas, que anuncian que los muertos se van satisfechos. Al caer la tarde los familiares se dirigen al panteón, donde adornan las tumbas con flores y veladoras, para que su luz oriente el paso del alma de los difuntos por el valle de las tinieblas, queman copal y rezan. Por último, el día 3, los parientes y compadres intercambian ofrendas.
Las cosas no han cambiado mucho a lo largo del tiempo, baste releer a Guillermo Prieto, el notable escritor, periodista, político y en algunos momentos, valeroso guerrero, quien escribió una deliciosa crónica publicada el 7 de noviembre de 1849 en el diario El Siglo XIX, en la que habla de los festejos de estas fechas en la ciudad decimonónica. Mucho de lo que platica sigue vivo en muchos sentidos. Para constatarlo vamos a transcribir algunos párrafos: “En este día en que tanto lidia un ministro de Hacienda, cuando aún no tiene entrañas de ministro; en que tanto pespuntean las modistas, en que venden tanto las floristas y los cereros y en que disparatan a su sabor los copleros, forjando risas sarcásticas de calaveras, y yendo y viniendo con aquello de la nada, y lo carcomido, y el polvo, etcétera, en este día, digo, se pone en planta aquella blasfemia de que vivir es gozar y aquello de que la vida se pasa a tragos.
“El Día de Difuntos es uno de los que da más que hacer a los vivos, excepto a la policía que suele pertenecer a las sombras; hay movimiento general y se pudiera decir alegría, si no recordase su fin a los diputados no reelectos y a los capitulares que no tuvieron la suerte de ascender como por escala a la curul. Varios días antes del día de finados, se recomponen las lápidas de los sepulcros, cosa muy del agrado de los doradores y grabadores y comerciantes en mármoles; se agolpan las gentes en la casa de la señora Audifredi, mandando hacer coronas y arcos para los sepulcros de los niños…
“La parroquia y el cementerio son el lugar de reunión; apiñase la gente en remolino turbulento; el gentío se agrupa y se dispersa en busca de los sepulcros de los antepasados, encienden las ceras y ostentan sus ofrendas, que consisten en frutas, biscochos, dulces, y a veces el refocilador aguardiente, que atiza el fuego lúgubre de los fieles…”.


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