Franz Lizst (1811-2011)
Una telegráfica introducción a este famoso, generoso y enigmático personaje.
ALBERTO MUÑOZ FLORES
Nacido en Hungría, cuando era parte del imperio austríaco, sintió especialmente la muerte de ese extravagante Habsburgo que sería el emperador Maximiliano I de México, a quien dedicó una marcha fúnebre. Era hijo de Adam Liszt, uno de los administradores de la rica y poderosa familia Esterhazy, que se daba el lujo de mantener una orquesta principesca. El padre de Franz Liszt había sido chelista de dicha orquesta durante los años en que Haydn componía y dirigía para los Esterhazy.
Uno de los momentos estelares en la historia de la música occidental aconteció cuando, a principios del siglo XVIII, J.S. Bach compuso su magistral trabajo para teclado el Clave bien temperado, obra que marcó el camino que recorrerían Haydn, Mozart, Chopin, Wagner, Chaikovsky y muchos más por venir. Beethoven lo tocaba de memoria a muy temprana edad. Liszt no sólo lo aprendió sino que tenía que tocarlo con teclas distintas a las escritas por Bach, o “no había postre para el niño”.
Carl Czerny, un discípulo de Beethoven, vivía en Viena cuando recibió a un niño de once años de edad que en sólo dos años desarrollaría una extraordinaria técnica pianística. Cuando Beethoven vio actuar a este jovencito le dio un beso que Franz jamás olvidaría. Liszt no sólo conocería, admiraría y difundiría la obra de Beethoven sino que descubriría las canciones, la obra para piano y la demás música de Schubert con la cual tuvo una enorme identificación.
Los compositores clásicos y románticos solían demostrar su potencial absoluto cuando llegaban a escribir una ópera, género que fue la obsesión temprana del Liszt adolescente, quien se trasladó de Viena a París para estudiar y componer Don Sancho (1824), su única ópera.
Chopin (1810-47, polaco), George Sand, Delacroix, Victor Hugo, Balzac, Chateaubriend y muchos otros fueron amigos y conocidos de Liszt durante sus años de permanencia en París. Se reúnen en teatros, cafés… hacen y leen prensa y literatura, discuten, hacen política, se reúnen en salones alrededor del piano. Participan de la revolución artística de la época. 1830 es sobretodo el año de la revolución que salió a las calles de París y que contagió a muchas otras ciudades como Leipzig, la ciudad de Wagner (1813-83, alemán), futuro amigo y yerno de Liszt, o a Bruselas, testigo de su inicio en la ópera.
Tras la revolución, París presenció la visita de un torbellino musical, un verdadero antecesor de los artistas pop actuales, el extravagante virtuoso del violín Nicolo Paganini. Liszt no sólo presencia las proezas y piruetas del violinista, sino se encierra y decide hacer lo mismo con su piano. Compone, como poseído, los “endiablados” Estudios de Ejecución Trascendental.
Marie d’Agoult abandona a su marido e hijos y huye de París, con Liszt. Se establece a orillas del lago Como. Daniel, Blandina y Cósima nacen de esta unión. Son los años de numerosas giras del pianista virtuoso. De esa época datan los Años de Peregrinaje, título de las interesantísimas piezas para piano que registran las observaciones y reflexiones, una especie de “diario íntimo”, del compositor.
Marie y Franz terminan separándose. Las giras por Europa y los numerosos admiradores y admiradoras terminan por cansar al artista, quien decide establecerse en Weimar. Son años de dirigir y componer para la orquesta, de consolidar su producción de “poemas sinfónicos”, historias como Orfeo, Tasso, Mazeppa y Prometeo quedan plasmadas en estas obras orquestales. Las sinfonías Dante y Fausto (que incluye coros) muestran lo mucho que aprendió en aquellos años y lo ambicioso de sus intereses.
Weimar se convirtió en un refugio donde Berlioz o Wagner, y otros de mucho menor valía, se benefician del entusiasmo y la generosidad de Liszt. Numerosos alumnos peregrinan para acceder a las enseñanzas del más célebre de los maestros de piano y no sólo se escucha música sinfónica sino ópera.
Podríamos hablar todavía de su frustrado intento de matrimonio con una noble rusa, de su traslado a Roma con la idea de hacerse sacerdote, de la difícil relación con su yerno, Richard Wagner, y sobretodo del anuncio valiente y solitario que encontramos en esa música que nos legó antes de despedirse de la vida, en 1886. De que Angélica Morales, la más grande pianista mexicana, se casó y tuvo dos hijos con su maestro el gran Emil von Sauer, discípulo de Liszt (algunos chismosos dicen que era su hijo). De la influencia de Liszt en Manuel M. Ponce. Del donativo que hizo para la fundación del Conservatorio Nacional, donde estudiamos muchos músicos mexicanos, como el entusiasta lisztiano José Luis García Corona.



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