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fin de año en el recuerdo






ÁNGELES GONZÁLEZ GAMIO

gonzalezgamio@gmail.com

Prácticamente en todas las épocas la humanidad ha celebrado de alguna manera el cambio de un ciclo a otro. Nosotros festejamos la conclusión del año y hacemos votos para que el siguiente sea mejor. Hoy vamos a irnos siglo y medio atrás, con uno de los cronistas decimonónicos más fecundos y detallistas: don Antonio García Cubas, quien en su deleitoso Libro de mis recuerdos, nos describe las festividades de fin de año en esos tiempos.

Dice: “El día de san Silvestre la buena ciudad de México cierra el año con broche de oro, acordándose al fin, de que hay un Dios ante quien debe posternarse para darle gracias por los favores recibidos el año que termina e implorar su socorro para el año que comienza. Todos los templos de la ciudad, desde las siete de la noche, se hallan henchidos de gente, cuyas fervorosas plegarias suben a la mansión celeste acompañadas de las majestuosas y sonoras voces del órgano y envueltas en las perfumadas nubes del incienso….Por donde quiera se escuchan las palabras ‘Feliz Año’ y por todas partes se ven aparadores atestados de hermosísimos objetos, debidos a la industria humana y por las calles, criados que van y vienen con lujosos regalos y hermosos ramilletes de flores. Es el día grande de las congratulaciones”.

Costumbre arraigada era la “Rifa de Santos” el día 1 de enero. Depositábase en una ánfora cedulillas de papel, en cada una de las cuales constaba el nombre de un santo o virgen. De aquella ánfora iban sacando las jóvenes, una por una las mencionadas cedulillas y a ese santo debían consagrar especial devoción durante el año. Nunca faltaban san Francisco de Paula por casamentero y santa Rita por allanadora de imposibles.

Previamente el cronista nos había descrito con lujo de detalles los preparativos navideños, las posadas, las pastorelas, los nacimientos, las misas de aguinaldo y de gallo y las rifas de compadres.

Describe el Zócalo: “Por aquí veíanse montones de grandes ramas de oloroso pino y montones de lama y heno y de algunas flores, por allí las mesas con sus sombrajos y tiendas improvisadas en que se vendían juguetes muy variados, para repartir en ellos la colación durante la noche de las posadas, así como esculturas de barro o cera para los nacimientos”.

Habla de que en esas fechas la gran plaza era una Babel, en donde las voces de los que ofrecían sus mercancías y las de los compradores y el murmullo de la multitud, producían una “confusión inexplicable”; esto no ha cambiado gran cosa.

Otra simpática reseña de don Antonio es la que hace de los vendedores ambulantes, que lo eran en sentido estricto, ya que deambulaban por la ciudad durante todo el año, pregonando con tonadillas su mercancía, menciona: “carbo siú” voceaba el indio otomí, que por lo tiznado se asemejaba a un etíope. “Mantequilla de a real y medio”, repetía sin cesar otro indio que llevaba a espaldas en un huacal su producto. “Haaaay chichicuilotitos vivos”, cantaba la vendedora de las garbosas avecillas. “Meeercarán pollos”, voceaba el pollero, que conducía a los infelices animales apretados y confundidos en el huacal; y así sucesivamente nos van apareciendo una variedad de vendedores y oficios: “Mercarán ranas; Tierra para las macetas; Compren tinta; Zapatos que remendar; Sillas que entular; Buenas cabezas de horno; Al buen coco fresco; Alpiste para los pájaros; Cristal y loza fina ¿hay ropa que cambiar?; Agujas, alfileres y bolitas de hilo; Buenas palanquetas de nuez; Aquí hay tamales y atoles”; y no faltaba “Chencho el de las tenazas”, que vendía esos instrumentos indispensables para hornillas y fogones, ofreciéndolos con palabras inarticuladas, a la vez que hacía sonar las tenazas, hiriéndolas con una varilla de hierro.

Estos pregones se extendían a algunas fondas y cafés, como el que después habría de volverse el famoso Café de Tacuba, que todavía existe en el número 28 de esa calle, que en la puerta tenía un muchacho anunciando a grito partido que ahí se servía café con leche y mollete con mantequilla. Su descripción de los cafés es maravillosa y nos permite reconstruir dicha faceta gastronómica de esa ciudad de México, que entonces tenía 200 mil habitantes y abarcaba lo que ahora llamamos Centro Histórico. Si se atreve a darse una vuelta por las calles de ese entrañable lugar, nuevamente invadidas de vendedores ambulantes y su infaltable compañía, la basura, concluya el apretujado recorrido con una rica merienda, precisamente en el Café de Tacuba. Todavía ofrece el café concentrado al que le añaden la leche espumosa a su gusto, servido en un gran vaso de grueso vidrio, ideal para sopear los esponjosos bizcochos o acompañar un suculento tamal.

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