Cuento
Bebía a la luz de los rayos solares, colados por incontables hojas. Verde la espesura de los árboles, incongruente mi imaginación que borraba todo destello, toda frescura de aquel lugar. Me levanté, casi desperezado y me senté en aquel lugar. Deseoso de venados y buitres no me daba cuenta en dónde estaba. Oscureció y huí.
Al día siguiente no recordaría nada de aquella fugaz pesadilla. Me dispuse para ir al trabajo. Bien resurado y sacudiendo la cabeza. Salí del edificio y tomé un taxi. Era una bella mañana, aunque la oficina no era lo mejor para mí. Me recliné en el sillón y contemplé la ciudad. Apenas lograba ver las montañas a lo lejos. Sonó el teléfono y con esa llamada sucedió todo.
Fuí despedido y el gris suelo me fulminaba. Por la noche soñé con delfines y la luna arboreando a lo lejos. A la mañana siguiente me despedí del edificio y del viejo parque. Soñaría incontables noches, por la eternidad. Soñando, murmurando, que más da. Desperté tirado en la calle, como un vagabundo, esperando no volver a soñar más.
Por Roberto Valero

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